Ese día me desperté temprano, completamente decidido. Se acabó, ya toqué fondo o al menos ya estuve lo suficientemente cerca y me gustaría llegar a viejo. No más alcohol, no más comida chatarra y no más mariguana, bueno, mariguana a lo mejor sí. Pero nada de pizza ni papas fritas ni beber alcohol todos los días ni usarlo como excusa para poder dormir o hablar por teléfono sin sentir ansiedad o para hacer amigos, eso nunca más, señoras y señores.
Me puse lo más parecido que tengo a ropa deportiva y salí. Afuera, a pesar de ser las siete de la mañana hacía un calor de los mil demonios. Demás está decir que no aguanté ni una cuadra sin sentir que me estaba muriendo, pero seguí corriendo, esta sensación era buena, morir significaba renacer, como un ave fénix atlética y libre de vicios, aunque esto no es verdad, todo se puede transformar en vicio, incluso para un pájaro en llamas.
No sé cuánto rato estuve corriendo, seguramente no más de treinta minutos pero yo los sentí como cuarenta días y cuarenta noches. Al llegar a mi casa con los pies adoloridos, las piernas tiritando y bañado en sudor, me dejé caer en el sillón. Mi respiración era agitada, cualquiera que me hubiera visto habría pensado que estaba teniendo un ataque de pánico, sin embargo era otra cosa lo que me pasaba, estaba experimentando eso de lo que habla la gente que acostumbra hacer ejercicio y que en otro momento de mi vida (dos días antes) me parecía un absoluto fraude. Me sentí tranquilo, no, no es eso lo que quiero decir, es algo que sentía por primera vez en mucho tiempo, no importaba que me doliera el cuerpo, me había propuesto algo y lo había hecho. La palabra que estoy buscando quizás es plenitud, quizás no, pero digamos que es plenitud mientras intento acordarme. Bueno, fue un instante de plenitud seguido inmediatamente por una sed tremenda. Abrí el refrigerador en busca de hielo que ponerle a un vaso con agua y ahí estaba, una botella de cerveza que había sobrado del día anterior, cuando decidí llevar una vida sana y por lo mismo, tuve la obligación de hacerme mierda por una última vez. Recuerdo que comí papas fritas, bebí una cerveza y luego un vodka y luego a las tres de la mañana se me calentó el hocico y partí en busca de más cerveza, compré dos y aparentemente me tomé una y me dormí antes de tomarme la otra que ahora estaba ahí en el refrigerador mirándome con sus ojos seductores. Mientras analizaba la situación y sus variables (el calor, el cansancio, lo terrible que sería tirar la cerveza a la basura habiendo niños en África que se mueren de hambre) ya me había tomado la mitad. Me la terminé y como no había comido nada me pasaron dos cosas: me embriagué un poco y pedí una pizza que me comí a la velocidad de un ex presidario, la pizza me hizo volver a la sed y la sed al lado oscuro de la fuerza. Compré dos cervezas más y me dormí en el sillón como un bebé.
Ahora me acuerdo, la palabra era vivo. Me sentí vivo.